AITA PATXI

PRISIONERO CON LOS GUDARIS

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AITA PATXI

PRISIONERO CON LOS GUDARIS

RAGUER, HILARI

Dos veces se ofreció Aita Patxi para reemplazar a unos que iban a fusilar en un campo de concentración franquista. Como san Maximiliano Kolbe, pero unos cuantos años antes. No llegaron a fusilarle, pero una de las veces le dijeron que se aceptaba el cambio e hicieron el simulacro de ejecución. Estos dos hechos no son más que los momentos cumbres de los dos años y medio en que, movilizado como sacerdote del ejército de Euskadi, compartió el drama del pueblo vasco, primero acompañando a los gudaris en las cruentas operaciones militares (estuvo en Guernica durante el famoso bombardeo) y después, caído prisionero, compartiendo con ellos la dura vida de los campos de concentración y los batallones de trabajo. Resultaba muy incómodo para los jefes de los campos aquel «curita rojo» aferrado a los harapos de su hábito religioso y empeñado en celebrar la misa y dirigir el rosario. En todo tiempo mostró una caridad heroica para con todos, creyentes o descreídos, vascos o no vascos. La segunda parte de esta biografía narra su actuación durante la contienda fratricida, «hombre de paz en la guerra», pero en la primera (su vida de religioso pasionista antes de la guerra) y en la tercera (su actividad pastoral en la posguerra) vemos al «hombre de Dios en la paz» y descubrimos la raíz de su sobrehumana entrega al prójimo: una fe inquebrantable traducida en una caridad sin límites. Como dice mons. Ricardo Blázquez en la Presentación, fue «un ejemplo luminoso de fe, de amor, de celo apostólico y de paz con todos (…). Su fama de santo era general, la petición de que se iniciara el proceso de canonización fue un clamor popular y el reconocimiento de su santidad por la Iglesia, que esperamos llegue pronto, será una conmoción que despertará en todos una invitación a la santidad».